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La mina que dañó su vida no pudo con sus sueños |
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20 MINUTOS. R.QUEIMALIÑOS. VIERNES
16 DE JULIO DE 2010
Era invencible. El infierno era el desierto. Y él
había nacido en él. Brahim había masticado arena. Sudado a cincuenta grados
centígrados. Dormido bajo el sol. Y crecido en un horizonte de dunas. Pero su
cabeza era un oasis. Aprendió a ser refugiado en un campo de refugiados. A
gritar al infinito. A escribir Sáhara Libre. Y a luchar con las ideas. Viajó a
España con el programa Vacaciones en Paz con siete, ocho y nueve años. Conoció
el ‘paraíso’ y regresó al abismo. La perspectiva europea le permitió pulir unas
ideas de liberación que patrullaban entre la sensatez y la inocencia. Y así
pasaron los años. Entre la lucha desarmada y la supervivencia. Hasta el 9 de
abril de 2009.
Ese día Brahim se despertó exaltado. Cerró su puerta de
adobe y se unió a la comitiva internacional reunida en Tinduf para solidarizarse
con el pueblo saharaui. El objetivo era hacer ruido sin hacer daño. Viajar hasta
el Muro de la Vergüenza –2.720 km de alambrada y minas que dividen el reino
alaui y los campamentos de refugiados–. Organizar una cadena humana formada por
2.500 personas y clamar por la libertad del Sáhara, los derechos humanos y el
fin de la represión en territorios ocupados.
Accidente evitable
La
voz de Brahim acompañaba las consignas árabes prosaharauis. Hasta que sus ojos
se cruzaron con la provocación. «La sonrisa irónica de los soldados marroquíes
que controlaban el muro desde el otro lado de la alambrada me destrozó». Dejó de
corear. Arrancó una piedra del suelo. Y la rabia ganó el pulso a la prudencia.
Desgarrado, inició su particular carrera hacia la muerte. Traspasó la barrera de
seguridad y se adentró en el campo minado.
Los gritos rotos de los
jóvenes del Frente Polisario para que regresase al perímetro de seguridad era
música celestial para sus oídos. Cada huella que imprimía en el suelo reducía
las probabilidades de salir indemne. Hasta que agotó los bonus. Apoyó la pierna
derecha y voló. Los reflejos de un joven saharaui –que también resultó herido–
evitaron la tragedia irreversible. Empujó a Brahim. Pero su pierna ya había
acariciado el artefacto. ¡Boom! Silencio. Y pánico. Fijó la mirada en los
puestos fronterizos y encontró el sarcasmo observado antes de la explosión. «No
puedo olvidar esa imagen. La gente chillando. Yo sangrando. Y, al otro lado del
muro, satisfacción».
Brahim retrocedió hasta el perímetro de seguridad
con una sola pierna y fue trasladado a un hospital en Tinduf. Perdió el pie
derecho. Los medios de comunicación que acompañaban a la comitiva del Frente
Polisario cubrieron la noticia. Y Alejandro –su padre adoptivo durante las
vacaciones que pasó en Mora (Toledo) hace una década– reconoció en las
fotografías a un Brahim herido de guerra. Contactó con la familia. Y decidieron
que regresa sea España. A Mora. Porque el único futuro de los jóvenes saharauis
en los campos de refugiados es el Ejército. El de Brahim, ninguno. Ahora espera
que el Gobierno le facilite el permiso de residencia por causas humanitarias.
Quiere ser carpintero. Y continuar la lucha pacífica por la liberación del
Sáhara. Su pie derecho quedó en el Muro de la Vergüenza. Su dignidad permanece
incorrupta.
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